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Detalle
Domingo 6 de Julio del 2008
Casi desde el inicio del año hemos venido padeciendo una intensa sequía que estaba amenazando nuestra agricultura, nuestra ganadería e incluso hasta nuestra propia vida. Gracia a Dios ha comenzado a llover y con ello toda la vida renace y su cementa, como dice san Pablo, en una esperanza cierta, pues aunque todavía no vemos reverdecer y el agua no llega a nuestras casas por la tubería, estamos seguros que así será. Esto nos lleva a reflexionar sobre el estado de sequía que a veces vive nuestra alma, estado en al que en muchas ocasiones llegamos a habituarnos con graves consecuencias para nuestra vida y nuestra felicidad. Es triste descubrir en el alma de muchos hermanos que en lugar de haber un vergel lo que hay interiormente es un verdadero desierto en donde solo crecen los arbustos y está lleno de alimañas. El agua de la oración y los sacramentos transforman el desierto del alma en un vergel y permiten que se dé la vida de la gracia y que florezcan las virtudes. Que esa misma preocupación que hemos tenido al ver como nuestra tierra sufría grandemente por la falta de agua, así también la tengamos para el alma, y que de la misma forma que estas lluvias revivieron la espermaza y la vida en nuestros campos, así también reviva la vida espiritual en nuestros corazones.
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